El Guggenheim es un edificio extraordinario. Lo digo sin ironía. Frank Gehry hizo algo que transformó una ciudad, una economía y una forma de entender el urbanismo. El llamado "efecto Guggenheim" se estudia en universidades de todo el mundo. No voy a quitarle mérito a eso.
Pero Bilbao existía antes. Y existe fuera. Y esa parte — la que existía antes y la que existe fuera — es la que la mayoría de la gente que viene de visita no llega a ver.
Bilbao no nació en 1997. Lleva aquí desde el siglo XIV.
Bilbao fue durante décadas una de las ciudades industriales más importantes de Europa. Acero, minería, astilleros, comercio. Una ciudad que se construyó a sí misma con trabajo duro y que luego vio cómo esa industria desaparecía en los años 80 dejando paro, contaminación y una identidad en crisis.
Lo que hizo Bilbao después — la transformación urbana, el saneamiento de la ría, la apuesta cultural, la regeneración de barrios enteros — no lo hizo el Guggenheim. Lo hizo la ciudad. El Guggenheim fue una pieza de ese proceso, la más visible y la más fotografiada, pero solo una pieza.
La Bilbao que merece la pena conocer es la que está en los mercados, en los bares de barrio, en la ría saneada donde antes no podías respirar, en los astilleros reconvertidos, en la gente que vive aquí y que quiere bien a su ciudad con toda su complejidad.
Esa Bilbao no sale en el folleto del Guggenheim. Pero es la que te acoge, te abraza, te acepta y te valora. Y esa es la razón de que exista este proyecto.